El término Chemsex hace referencia al uso intencionado de sustancias psicoactivas legales e ilegales con el fin de mantener relaciones sexuales duales o grupales durante largos periodo de tiempo, aumentar los niveles de excitación, placer, resistencia, y establecer un espacio libre de inhibiciones. Esta práctica no es la primera en dónde se encuentra el uso de sustancias psicoactivas antes, durante y después de las prácticas sexuales. Por el contrario, ha sido una costumbre inherente a la humanidad (Bellis & Hughes,2004; Stuart, 2019), y hoy en día ciertas prácticas se han instaurado formalmente con el nombre de Chemsex o Party and play. Los patrones de consumo, tanto de tipo de sustancias utilizadas, como de los escenarios de consumo, presentan nuevas tendencias de consumo de drogas asociadas con la actividad sexual que han de ser estudiadas (Carmina & Fumaz, 2016).

En Europa y en Estados Unidos esta práctica se asocia con el consumo de drogas químicas con funciones relacionadas con la potenciación sexual llamadas “chems”: GHB/GBL, las metanfetaminas y la mefedrona (Fernández-Dávila, citado en Coll y Fumas 2016. Algunas de las prácticas sexuales que se suelen llevar a cabo en estos escenarios son la multipenetración, el fisting (inserción de toda la mano a la vagina o ano), las prácticas escatológicas y las sadomasoquistas (Sewell et al., 2017). El objetivo fundamental de esta mezcla es acceder a experiencias altamente placenteras que combinan la excitación sexual, y la estimulación y desinhibición producida por las drogas. Además, se ha encontrado que los participantes suelen acceder al Chemsex por medio de aplicaciones móviles, espacios de crushing, reuniones en lugares públicos, grupos de amigos o grupos sexuales cerrados (Soriano, 2017).

Esta práctica se considera de alto riesgo por la prevalencia de contagio de enfermedades de transmisión sexual, la probabilidad de presentar problemas con el consumo y las lesiones y daños asociados. Aumentar el número y frecuencia de parejas sexuales, la duración de los encuentros, y la dureza de algunas prácticas, puede conducir a deterioro y lesiones en diferentes órganos y mucosas. Además, las alteraciones en la percepción de riesgo y las capacidades para protegerse de forma adecuada originadas en el consumo de drogas o en condiciones psico-emocionales particulares aumenta el riesgo frente al VIH y otras ETS (Soriano, 2017, Fernández y Garrida, 2019). El consumo de sustancias psicoactivas implica riesgos como intoxicación, la posibilidad de presentar consumos problemáticos, la disminución de la sensibilidad frente a estímulos aversivos y problemas adherencia a tratamientos antirretroviral para personas con VIH. También es importante resaltar que el riesgo vital también es alto con el uso de sustancias como el GHB que tienen alta prevalencia de intoxicación. Conjuntamente, los efectos de ciertas drogas sobre la senso-percepción pueden llevar a que no se noten los efectos, lesiones y daños fisiológicos que se generen durante las prácticas sexuales, aumentando también la vulnerabilidad a robo y abuso sexual (Stuart, 2015; Assi, Gulyamova, Ibrahim, Kneller, & Osselton, 2017).

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