La bicicleta amarilla iba siempre de un lado a otro. Todas las tardes, mientras leía la historia de los grandes educadores de la antigua Grecia y alzaba la vista para ver por la ventana la puesta del sol de los veranos parisinos, ahí estaba él montado en su vehículo amarillo de dos ruedas. Yo le seguía con mi mirada desde el pequeño estudio donde siempre me daba la luz cansada del día. Era el compañero fiel de mis tardes de lecturas. Él, al aire libre y yo leyendo en el salón del cobertizo de la casona de los Jesuitas que quedaba en la Rue de Grenelle.

Cuando yo dibujaba en mi mente una camisa blanca llena de mariposas amarillas y un pantalón blanco, al dueño del velocípedo luminoso, Adriana tocó la puerta del estudio y me sacó de tan extraña imagen que se estaba formando en mi cerebro inquieto.

Chucho, deja de leer tanto y vamos a ver si nos encontramos con mi amigo. Creo que ya ha debido llegar. – Dijo Adriana, mi amiga, escolta, consejera y asesora caleña en París. Era mi ángel de la guarda. No me desamparaba ni de día ni de noche. Hasta fue mi médico y enfermera. A la menor muestra de asomo de gripa o de resfriado ahí estaba con sus medicinas naturales. No me pregunten cuales eran, pero servían mucho. Nunca me resfrié por más de un día.

Chucho deja de pensar y de mirarme con tu cara de duda. Rápido toma tus cosas y vámonos o no lo encontraremos.

Ni modo. Cuando mi amiga dice vamos, hay que hacerle caso. Además, salir con ella por las calles de la gran ciudad, siempre es una aventura. Siempre descubrimos algún lugar nuevo lleno de misticismo. Con ella todo tiene olor a imprevistos:¨¿Y qué pasará ahora?¨ Les aseguro, salir con Adriana es estar preparado para cualquier cosa en el mundo de la París romántica y llena de misterios ocultos.

Nos fuimos a buscar a su misterioso amigo, cruzamos la calle y nos dirigimos hacia la Rue de Constantine. Comenzamos a caminar hacia el distrito 5. Nuestro destino era la Rue Cujas en el Barrio Latino de la ciudad luz. Lástima que no escucharé alguna palabra en latín, pero de lo que sí estoy seguro es que estaré intrigado por la cantidad de sonidos de las distintas lenguas romances – español, portugués, italiano, rumano, catalán, franco -provenzal, patwa, etc – que llenarán mis oidos al caminar por las pequeñas y embrujadoras calles llenas de estudiantes, maestros y distintos tipos de personajes amantes de las letras y de los libros.

Caminábamos por los lugares donde la protesta estudiantil estaba en constante ebullición. Mayo de 1968, fue un ejemplo de esos ánimos volcánicos. Yo no dejaba de pensar en la bicicleta amarilla, en la camisa de mariposas amarillas y en el pantalón blanco. Pero ahora le había agregado a la imagen del ciclista de las tardes parisinas un sombrero de copa pequeña de color crema con un cintillo negro. Algo me intrigaba: ¿Cómo el sombrero no se le caía?

-Chucho, en que piensas…traes la mirada perdida. Joder, es que te conozco tío, te conozco. Seguro andas pensando en tus lecturas griegas. ¿Hasta cuando, hasta cuando?

Se le salió el españolete que lleva en sus recuerdos de tres años como pareja de un madridista. Yo ni le prestaba atención. Sólo me sonreía y seguía caminando a su lado observando todas las edificaciones antiguas y no tan antiguas que le hacen antesala al Quartier Latin – Barrio Latino -. Es como si las calles por donde iban mis pasos fueran, cada una de ellas, entrenando mis ojos ansiosos por quedar hipnotizados de cultura parisina, por su bullicio y por los diferentes colores que hacían que mi rostro subiera y bajara mirando detalladamente ventanas, paredes, techos y adornos de las casas, casonas y edificios pequeños y grandes. Ahh y puertas y portones amarillos. Y macetas donde habían pequeñitas flores de color rojo, verde, azul  y amarillo. ¡Amarillo!

El modesto Hotel de Flandre apareció ante mis ojos. Recordé que alguna vez Adriana me había comentado que un amigo de ella se hospedaba en una de las buhardillas de dicho lugar. Yo me lo imaginaba mirando la vista espléndida que tenía desde ese lugar. Se veían perfectamente los hermosos techos y la inigualable cúpula de la Sorbona en toda su majestuosidad imperial: lujo incomparable para los ojos de cualquier ser humano que lleve en su espíritu el arte. Que envidia tener ese placer. Sinceramente si yo tuviera la oportunidad de vivir en un espacio como ese, créanme que me hubiera dedicado a escribir y a solo escribir hasta que algún militar o policía  tumbara la puerta de la habitación y me obligara a desprenderme de tal martirio dulce: escribirle a mi amada: la hija del Coronel Aureliano Buendía. Pero eso no pasó.

Una mesita para dos fue nuestra compañera, mientras esperábamos a Gabriel. Pasaron minutos y minutos. El amigo de Adriana nada que aparecía y el garçon ya nos miraba con caras de pocos amigos. Llevábamos más de media hora sentados y no habíamos pedido nada. El mesero se acercó por tercera vez y nos tocó, casi obligados y midiendo nuestros gastos, pedir nuestra modesta cena: Cuscús, plato tradicional de Argelia  y dos vasitos de vino de la casa para cada uno. La espera se hacía larga. Casi dos horas. Adriana estaba un poco molesta, pero disimulaba muy bien hablando bellezas de su amigo. Yo sólo la escuchaba y al mismo tiempo le observaba sus ojos saltones de color verde, expresivos y alegres. Primera vez que mis sentimientos la veían de otra manera. Ella seguía hablando nerviosa y yo tranquilo a espera de la llegada del amigo misterioso. Nos trajeron la comida y preguntamos una vez más por Gabriel. El mesero volvió a responder:

– Désolé mademoiselle, je ne connais pas ce monsieur Gabriel.

– Bonsoir, madame, monsieur, bienvenus à  l’hôtel de Flandre. Adriana y yo levantamos la mirada buscando a la dueña de tan melodiosa voz que nos saludaba y nos quedamos perplejos. Lo que mirábamos parecía un personaje sacado de las películas francesas de los años cincuenta. Era una mujer refinada, con un vestido de color crema a la rodilla, con pequeños animalitos alados y amarillos. La tela le dibujaba perfectamente su cintura. Un cinturón grueso y blanco le rodeaba su silueta de despampanante mujer romántica y parisina. Su edad, me pierdo por completo si trato de adivinar y estoy seguro que sus ojos de mirada celeste y dulce se darían cuenta enseguida de mi interrogante impertinente.

La dueña del hotel, Madame Lacroix, nos contó que Monsieur Marquéz

había salido desde la mañana y todavía no había regresado. Parece que fue a encontrarse con un amigo que recién llegaba de Perú, de apellido Vargas Llosa. Nos contó que era la primera vez que Gabriel, el amigo de Adriana, salía en taxi. Siempre lo hacía en su bicyclette amarilla: la única de ese color en París.

9

Nota 1: Hoy el Hotel de Flandre se llama Des Trois Colleges.

Nota 2 : Relato inspirado en la columna ¨Pasar Hambre en París¨,

De Jesús Ferro Bayona. Publicada en Septiembre 4 del 2021.

Periódico EL HERALDO, de Barranquilla, Colombia.

Corrector de estilo: Heberto Amor.

Autor: TÍO HUGO & PAPÁ MILT

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