En un espacio lleno de árboles frutales, maleza desparramada por todo lo largo y ancho del terreno a medio cortar, podado como quien no tenía ganas de hacerlo;  plantas con flores, unas grandes y otras pequeñitas y de colores brillantes, aunque también algunas de tonos oscuros u opacos, todas rodeando la vieja paredilla de pintura blanquecina que cae a pedazos perdiendo su color con el tiempo. Hay allí unas flores que parecen una estrella, se encuentran por allá en la última esquina del rectángulo que hace de patio: espacio sombrío de la vieja casona sin memorias que contar.

Entre los ramales de los árboles y arbustos se deja escuchar una tonada musical muy suave. Parece que alguien estuviera tocando un instrumento de cuerdas a lo lejos, sonido que se escucha cerca, a través delas hojas de palmeras y de las plantas robustas de plátano que también hacen parte del terreno verdoso y húmedo. No se mueve hoja alguna de los tantos palos de níspero, mango, coco, guayaba, papaya, limón y almendra que componen todo un mundo natural de colores diversos. Nada se mueve, pero no hace calor. Una escasa brisa, levemente fría, te recorre el cuerpo cuando entras al patio, es un viento suave y delicado que te atrapa e invita a seguir caminando hacia la esquina donde están las flores que en conjunto parecen formar una estrella de puntas.

El abuelo algún día, en sus últimos años, había comentado que desde que él compró la casona ¨La Iguarán¨, la gente del pueblo comentaba que en el patio se encontraban las únicas flores de color dorado que había traído El Albino de Puerto Escondido. Flores que cuando el sol salía, de inmediato ellas se escondían en sus pétalos y cuando el sol se ocultaba y la luna llena estaba en su más brillante presencia, las flores doradas de forma de estrella se mostraban en todo su esplendor. 

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo, en qué época del año fue eso, en qué tiempo de comienzos del siglo apareció el extraño visitante con las flores; y nadie sabe por qué motivo las sembró en ese lugar. Lo que sí saben en todo el pueblo es que después de haber dormido durante una semana en una hamaca colgada entre el palo de mango y el palo de níspero, durante una madrugada después de luna llena, El Albino desapareció del pueblo. Nadie lo volvió a ver con su sombrero blanco con adornos de oro, nadie escuchó su caballo alejarse, ni se escuchó el galope de los cascos del caballo de color plata con silla de cuero negra y remaches y botones dorados. Nadie lo volvió a ver, solo quedaron las flores de color dorado, que parecen una estrella de puntas, mirando hacia la luna y una hamaca olvidada entre los dos árboles que están en la última esquina que da al norte del hemisferio.

El viento suave y frío volvió a recorrer mi cuerpo, la puerta de la cocina que da al patio se cerró delicadamente detrás de mí, tal vez por efectos del viento. Solo en el rectángulo lleno de ramas, árboles y arbustos. Todo era nuevo en mis sensaciones. El cielo se oscureció. Eran las tres de la tarde, aunque parecían más de las siete de la noche, como cuando las últimas luces del sol se van y entra la oscuridad. No había estrellas en el cielo, no había luna; la música de cuerdas ya no se escuchaba y yo, sin darme cuenta, había caminado hasta las flores con forma de estrella y de color dorado. Las flores abrieron sus pétalos y se dejaron ver en toda su majestuosidad. De cada flor salió una luz amarilla que encegueció mis ojos. Sentí que algo apresaba mis pies, que subía por mis tobillos, luego por mis piernas, siguió rodeándome, apresándome hasta la cintura y siguió hasta sentirme todo envuelto en algo que no sabía qué era y que no podía ver. Mis ojos me ardían, pero era algo que podía soportar.

Abrí los ojos y estaba acostado en una hamaca entre dos árboles, el cielo sin estrellas. Las flores miraban la luna llena, el patio de la casona de mi abuelo y abuela estaba lleno de luz de luna. Árboles, arbustos y matas brillaban. En el centro del patio, donde está el pozo de agua que brujos esclavos africanos habían construido con piedras negras del río que baja desde la sierra y que pasa a un lado del pueblo, había un sombrero de color blanco con adornos dorados, sus destellos llenaban de brillo el patio. Al levantarme para ir por él sentí en una de mis manos un ardor, un quemón. La volteé para ver, una estrella como las flores estaba marcada en la palma de mi mano derecha. Todavía se veía la carne viva, pero no dolía, mis ojos solo ardían un poco.

La puerta se abrió y una voz femenina exclamó:

  • ¡Madre, madre!¡regresó, regresó!.
  • Úrsula, ¿de qué hablas?
  • Madre, mira, es mi hermano. Las flores lo trajeron.
  • ¡Mi hijo, mi hijo olvidado! ¡Gracias a la luna estás aquí!

AUTOR: TIO HUGO & PAPA MILT

Relato inspirado en los patios grandes de las casonasde algún pueblo olvidado del Gran Magdalena del caribe colombiano.

Imagen:

Gabriel Werneck
Santa Luzia, Brazil

Corrector de Estilo: Heberto Amor.

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